EBIDTA EN SALUD

CUANDO EL EBIDTA MANDA Y LA SALUD OBEDECE

En las últimas décadas, el sector salud progresivamente ha implementado estrategias administrativas, financieras y jurídicas que, si bien la mayoría de ellas pudieran ser  necesarias, han terminado desplazando el conocimiento técnico de los profesionales de la salud y la comprensión integral del sistema de salud, al igual que el funcionamiento como tal de una institución creada para prestar servicios de salud.

La administración de las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud – IPS por profesionales no afines a la salud —economistas, administradores de empresas, ingenieros, financieros, abogados, entre otros— se ha consolidado como un fenómeno estructural y no como una excepción.  El problema no es la presencia de este tipo de perfiles, sino la toma de decisiones sin la participación real, activa y vinculante de los profesionales de la salud y de las personas técnicas expertas en cada uno de los temas abordados.

 Vale la pena detenerse en una reflexión planteada en forma de pregunta, para que cada lector la responda con honestidad:  ¿Cree usted que un médico con formación administrativa podría gerenciar un banco?.  Probablemente la respuesta sea negativa. Sin embargo, resulta universalmente aceptado que profesionales no afines a la salud gerencien IPS, muchas veces sin considerar el criterio médico ni el concepto de salud de manera integral. Esta asimetría revela una profunda subvaloración del conocimiento en salud y el impacto real de las decisiones administrativas sobre la vida de las personas (pacientes y colaboradores).

Es importante hacer una precisión necesaria y justa. Este llamado no pretende desconocer ni deslegitimar el papel de los administradores, economistas, ingenieros, financieros o abogados dentro de las instituciones de salud. Por el contrario, su aporte es fundamental. La salud también requiere orden, sostenibilidad financiera, cumplimiento normativo, planeación estratégica y eficiencia operativa. Negar la importancia de estos perfiles sería tan equivocado como pretender gestionar una institución de salud ignorando los aspectos administrativos y financieros. Este tipo de profesionales pudieran gerenciar una IPS, apoyados de expertos en salud, sin dejar a un lado el concepto y conocimiento del personal médico, asistencial y de las personas expertas en temas específicos como lo son ingeniería biomédica, ingeniería de sistemas, entre otros.

Para profesionales no financieros y personal asistencial que no ocupa cargos administrativos, el término EBITDA puede ser nuevo y poco utilizado, motivo por el cual lo defino de una manera práctica: Es un indicador financiero que representa el resultado operativo de una empresa, calculado antes de deducir intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones, con el fin de evaluar el desempeño económico de la operación principal de la entidad, independientemente de su estructura financiera, régimen tributario y políticas contables.

Desde hace algún tiempo, muchas IPS comenzaron a confundir sostenibilidad con rentabilidad, y gestión con control financiero. El síntoma más evidente de esta distorsión aparece cuando el EBITDA —un indicador legítimo y ampliamente utilizado en el mundo empresarial— se transforma en el único parámetro para medir el éxito de una institución cuya razón de ser es preservar la vida, cuidar la salud de las personas y poner a sus colaboradores en el centro, bajo el discurso de “primero las personas”.

Cuando la gestión en salud se reduce a indicadores financieros, productividad por hora —muchas veces no cuantificada de manera objetiva—, reducción de costos o cumplimiento de metas contractuales, se desnaturaliza la esencia misma del sistema: cuidar la vida y la dignidad del paciente. Un gerente sin formación en salud puede interpretar un estado financiero con solvencia, pero no siempre comprende lo que implica retrasar un diagnóstico, dificultar la continuidad en una ruta de atención, limitar el acceso a tecnologías, presionar decisiones clínicas desde criterios puramente económicos o realizar estudios diagnósticos incompletos, reduciendo tiempos esenciales durante la atención del paciente.

 La obsesión por el EBITDA como único indicador válido no es inocua. Es el reflejo de una gestión administrativa miope que genera costos de no calidad invisibles, pero profundamente nocivos para las organizaciones: fallas en la calidad de la atención, reprocesos, ineficiencias operativas, eventos adversos, alta rotación del talento humano, sobrecarga laboral, incumplimiento de requisitos legales —especialmente en habilitación—, reclamaciones médico-legales, insatisfacción de los usuarios y pérdida progresiva de la reputación institucional, entre otros. Costos que no siempre aparecen de inmediato en los estados financieros, pero que tarde o temprano terminan impactando la sostenibilidad real de la empresa.

 Para quienes estudiamos medicina hace algunas décadas, la elección de esta profesión fue una decisión tomada por verdadera convicción. Sin caer en clichés, estudiar medicina significaba ayudar a las personas. En mi caso, y en el de muchos médicos que hoy desempeñamos funciones administrativas, nunca pensamos que la medicina sería el preámbulo de una carrera gerencial o administrativa en salud. Fue la realidad del sistema la que nos condujo a esos espacios, y lo hacemos sin alejarnos de los principios éticos ni del juramento hipocrático que orienta nuestra profesión.

 Existe, además, una razón pocas veces dicha en voz alta por la cual el EBITDA termina ocupando un lugar desproporcionado en la gestión de muchas IPS, LOS INCENTIVOS ECONÓMICOS PERSONALES. En muchas instituciones, alcanzar la meta del EBITDA no representa la sostenibilidad institucional ni el bienestar del paciente, sino el cumplimiento de un objetivo individual que activa bonificaciones, premios o reconocimientos gerenciales. Incentivos que, como en otros sectores —incluido el político—, pueden convertirse en incentivos perversos.

Cuando la alta gerencia está atada casi exclusivamente a esquemas de reconocimiento basados en resultados financieros, el EBITDA deja de ser un indicador y se transforma en una carrera, en una  competencia personal donde el objetivo no es cuidar la institución, sino alcanzar la meta a toda costa en búsqueda del beneficio propio.

El incentivo económico personal termina distorsionando el sentido de la gestión. El gerente deja de actuar protegiendo la institución según su misión corporativa y pasa a convertirse en administrador de su propio resultado. La institución se transforma en un medio para alcanzar el incentivo, y no en un sistema al servicio de la salud de las personas y de los colaboradores. Este tipo de incentivos, mal diseñados y pobremente balanceados, generan un fenómeno poco reconocido en el sector: LA MIOPÍA GERENCIAL. Se privilegia el corto plazo, el cierre del trimestre, el resultado del año, sin medir el daño estructural que se va acumulando. Lo que no impacta el EBITDA hoy, simplemente no importa.

Paradójicamente, esta búsqueda obsesiva del resultado financiero termina debilitando a la propia institución. La rotación del talento humano, la pérdida de confianza de los usuarios, de médicos remitentes y de colaboradores, el aumento de eventos adversos, las reclamaciones médico-legales y los incumplimientos normativos no se reflejan de inmediato en los estados financieros, pero sí erosionan de manera silenciosa y progresiva la sostenibilidad real de la empresa y del mismo sistema de salud.

 En salud, gestionar con incentivos mal alineados es especialmente grave. Porque lo que se destruye no son los procesos, sino personas: pacientes que esperan, profesionales y talento humano agotados, decisiones clínicas forzadas y principios éticos desplazados por una cifra.

El EBITDA puede y debe existir. Los incentivos económicos también. Pero cuando ambos se convierten en el motor principal de la gestión, sin contrapeso clínico, ético y humano, el hacer parte de un sistema de salud se transforma en una estructura financiera con pacientes en su interior, y cuando la salud se gestiona de esa manera, la pregunta ya no es si se logró el EBITDA, sino qué se sacrificó para alcanzarlo.

El EBITDA es un indicador necesario, pero no es un propósito. Es una herramienta para evaluar sostenibilidad, no una brújula ética ni un sustituto del criterio clínico. Cuando se gobierna una institución de salud pensando exclusivamente en el EBITDA, se corre el riesgo de perder aquello que no puede medirse en un estado financiero: la confianza, la seguridad, la dignidad, la vida de las personas, la salud de los colaboradores.

Esta es una invitación abierta a quienes hoy toman decisiones en el sector salud: no gestionen pensando únicamente en el EBITDA. Piensen en el paciente que espera, en el profesional que cuida, en el sistema que debe responder y en la responsabilidad ética que implica administrar salud. Porque cuando se toman decisiones solo para cumplir una meta financiera, el costo no lo asume el indicador, lo asumen las personas.

El verdadero reto no es lograr el EBITDA, sino lograrlo sin perder el sentido. Y en salud, perder el sentido es el riesgo más alto que una institución puede permitirse.

JOHN JAIRO GRANDA ARCILA

Médico Especialista en Auditoría en Salud.

Fellow de Calidad y Seguridad del Paciente.

Consultor Asesor de Calidad – Proyectos en Salud.

Docente Universitario.

Gerente / Consultor / Asesor ACTUALISALUD.

gerencia@actualisalud.com

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